Organización Mexicana para el Conocimiento de los
Efectos Tardíos de la Polio, A.C.
-OMCETPAC-
Organización Post-polio México

"Nuevas esperanzas"

Por Guadalupe A. Rincón Abadía
Tuxtla Gutiérrez, Enero 2012
omcetpac
Las limitaciones solo existen en tu mente

Mi historia inicia en diciembre de 1961. Nací en Tapachula, Chiapas, México. Soy la primera de tres hermanos. A los diez meses de edad me diagnosticaron poliomielitis y, siendo mi familia de clase baja, los esfuerzos fueron grandes para atender las secuelas que me dañaron medio cuerpo: de la cintura hacia abajo, ya que fue necesario realizarme durante la adolescencia un total de 18 cirugías en ambas piernas y cadera, y además quedarme usando un aparato ortopédico y el apoyo de un bastón en la mano izquierda.

Mi madre, particularmente sobreprotectora, no estaba dispuesta a dejarme salir a la calle para estudiar por evitar que me cayera o que se burlaran de mí, pero el temperamento con el que nací y el carácter que se me fue forjando, me dieron los argumentos para convencer a mis padres de que no había forma de detenerme; inicié la primaria a los 7 años, cuando mi hermanita tenía 5 y ya podía ser aceptada conmigo en primer grado. Ella se convirtió en mi mejor amiga y mi cómplice, pero también en la voz de mi conciencia, cuando me repetía que yo podía hacer todas las cosas aunque fuera con mayor dificultad que los demás.

El Doctor Figueroa, mi ortopedista de la niñez, también representó un importante estímulo para mi autosuficiencia, gracias a sus conceptos sobre la capacidad del ser humano de adaptarse al medio a pesar de las limitaciones y, finalmente a los 15 años de edad, dejé el hogar materno con todas la amistades que mi sociabilidad me había conseguido –incluyendo al primer novio- para intentar abrirme camino en el Distrito Federal (Capital de mi país) donde empecé vendiendo enciclopedias de puerta en puerta. Me inscribí al segundo año de preparatoria e inicié la aventura viviendo en una casa de huéspedes.

Debo confesar que siempre estaba en mí una especie de voz interna que me decía que debía hacer todo de inmediato, que no disponía de mucho tiempo. Pronto estaba trabajando en Correos de México, a donde llegué por una beca y me quedé por 30 años. Ahí conocí al que sería mi esposo y padre de mis hijos. Me casé con apenas 17 años y mi primer hijo nació cuando yo tenía 19. Cuando él apenas tenía dos meses de nacido lo llevamos a vivir a Guadalajara, donde nacieron mis hijas y, tanto a él, como a ellas, los intenté educar bajo la premisa de no depender de nadie.

Fue hasta que mis hijos nacieron tuve la conciencia de lo que mis padres debieron haber sufrido con mi enfermedad, y con mi carácter de autosuficiencia por el que nos les permitía cuidarme, ya que para mí la polio nunca fue un obstáculo. No me sentía “diferente”, aunque sí hubo burlas en mi niñez que me hicieron al principio ser agresiva, pero cuando me sentí aceptada y querida todo quedó atrás. Disfruté de mi niñez y aunque siempre traía mi rodilla izquierda lastimada –cuando no era una costra, era una herida- porque brincaba, saltaba sin medir consecuencias. Incluso llegué a romper aparatos ortopédicos.

Un nuevo reto fue mi divorcio. Luego de trece años de matrimonio, regresé a vivir a Chiapas para sacar adelante a mis hijos, lo que al principio fue muy difícil, porque además de mi trabajo en Correos, donde llegué a ser la primera administradora de la Oficina más grande del Estado, también hacía pasteles para vender y ayudarnos en los gastos. Mario Gabriel, mi hijo mayor, estableció un negocio de reparación de computadoras desde sus 18 años, mientras Diana, mi segunda hija, concluyó la prepa, la licenciatura en Filosofía y la maestría en Educación. Andrea, la más pequeña, se graduó como Licenciada en Mercadotecnia y Publicidad. Ver a mis hijos volverse autosuficientes ha sido una de mis mayores satisfacciones, particularmente cuando en mi etapa de jubilada fui capaz de reincorporarme a la actividad, en el Instituto de Capacitación que echamos a funcionar mi hija Diana y yo.

Sin embargo, la vida me tenía preparado otra sorpresa: un año antes de mi jubilación me detectaron cáncer de mama, y las 8 quimioterapias y las 25 radiaciones que me aplicaron me dejaron el cuerpo bastante más deteriorado de lo que de por sí estaba, por lo que a ello atribuí los intensos dolores que al poco tiempo empecé a sentir en articulaciones y miembros inferiores, aunque mi Oncólogo no reconocía los síntomas. Luego, como por obra de la casualidad, llegó a mis manos, a través del Internet, información sobre los efectos tardíos de la polio y parecía que describían la mayoría de mis síntomas.

Descubrir que lo que me esperaba no fue nada alentador. Esta vez no quería dar a mi familia otra mala noticia sobre mi salud, porque aunque el deterioro ha sido notable por mi dificultad para caminar y los intensos dolores que a veces no me permiten ni salir de la cama, no era sencillo admitir que la polio seguía haciendo de las suyas en mi vida.

Hoy que me he integrado a la OMCETPAC y empiezo a conocer más sobre esta terrible enfermedad que durante mucho tiempo negué en mi vida. Empiezo a aplicar consejos y prácticas que me permiten una mejor calidad de vida. Así vislumbro nuevas esperanzas y de nuevo estoy dispuesta a dar batalla, porque, como siempre, el amor de mis hijos, mi madre y mis hermanos está conmigo, dándome el impulso que necesito.